De la ceremonia no puedo decir mucho, nunca he sido fanático de las congregaciones de Vástagos, pero debo decir que me impresione… solo un poco. La noche comenzó como cualquier otra en un Eliseo, mucho cotilleo, un par de Degenerados quedando en ridículo (cosa que, en mi opinión no es muy difícil para ellos) y mucha expectativa hacia lo que el mismísimo Mario Alfonzo había anunciado como “la gran sorpresa de la noche”. ¡Jajaja!, el pobre imbécil no tenía ni la más mínima idea de lo que sucedería. Reconocí un par de caras famosas en el lugar, algunas de respetados compañeros de lucha y otras que simplemente preferiría arrancar de sus cuellos, siendo obviamente Eustaquio quien encabezaba esta lista.
Pasaron una hora o dos antes de que se llamara aparte a los tres Chiquillos que tendrían el “honor” de conocer a Mario Alfonzo, los tres fueron seguidos por sus respectivos Sires y fue en este momento en el que nuestro clan cayó en vergüenza, no recuerdo ni el nombre ni la cara del chiquillo imbécil, tampoco es que me importen demasiado, solo recuerdo que prácticamente le dijo a Mario Alfonzo que esperaba poder ser utilidad siempre y cuando el Príncipe también lo fuera. Honestamente, todos esperamos que el Príncipe sea útil, pero no todos queremos someternos a la humillación de que nos lance por los aires en medio de una ceremonia de presentación. Pasaron algunos minutos antes de que el coro de risas terminara, pero no pasaría demasiado tiempo antes de que todas los presentes abrieran sus bocas… y no precisamente para soltar carcajadas.
Cuando todos pensábamos que la ceremonia había terminado, Mario Alfonzo dejo su trono y con aquella voz insoportable dijo algo acerca de una última presentación, durante algunos minutos (horas interminables para mí) hablo de cómo había encontrado a una mujer hermosa, hablo de sus ademanes delicados, de su incomparable belleza y de esas idioteces que a los Degenerados tanto les gustan, fue en este preciso momento, en el que la situación dio un giro que nadie se podría haber imaginado.
En medio del discurso del Príncipe, el gran telón que se encontraba detrás de él se abrió de par en par y lo que sucedió a continuación fue verdaderamente… inesperado. Antes de que Mario Alfonzo volteara, todos los presentes estaban con la mirada fija en quien acababa de subir al escenario, aunque tal vez, bajar seria una palabra más apropiada. Cuando el príncipe finalmente se digno a voltear, se encontró cara a cara con lo siguiente: una mujer completamente desnuda y con tantas heridas (llamaremos “heridas” a lo siguiente: golpes, quemaduras, cortadas, entre otras) que era imposible reconocerla. No hizo falta reconocimiento alguno, después de todo, las arpías se encargaron de vociferar quien era la “invitada”, ¡jajaja!, pobre mujer, imagino que ignoraba lo que de verdad era nuestro mundo, imagino que Mario Alfonzo nunca le dijo que ser su protegida podía (literalmente) destruirla. En este momento fue cuando me sorprendí, aunque la cara del pobre Príncipe Degenerado era, como dirían los miembros de su clan, un poema.
Pobrecito, parecía una puta histérica, grito cuanto insulto se sabía (y algunos que al parecer, solo el entendía), luego de su pataleta, decidió tomar a los tres chiquillos que acababan de ser presentados y a una mujer que, por lo que la lógica me dice, era su guardaespaldas, pobres chiquillos, no tienen ni la mas minima idea de en lo que se han metido. Después de todo, parece que ni ellos, ni “su Majestad” notaron algo importantísimo en el cadáver, una quemadura en el rostro de la mortal con una forma muy distintiva… una mano negra.
Yo solo sé que nuestro “respetado” Príncipe debe estar muriendo de la vergüenza en este momento, después de todo, Mérida entera vio como su capricho se iba a la mismísima mierda y siendo sincero, no quiero ni imaginar lo que piensa La Primogenitura de él en estos momentos. Lo que imagino, es que, debajo de este “incidente” hay algo más grande cocinándose, y honestamente, me gustaría ver que es exactamente.
Adolfo Martínez.
Sábado, 11 de enero de 1998.