martes, 30 de junio de 2009

Benditos por la belleza.

Aquella tarde era fresca, casi tan fresca como el ocaso de Londres, pero esto no era Londres, ni Paris, ni Barcelona, era un lugar mucho más remoto, un lugar en el que no encajaba, y al parecer, no quería hacerlo, Gerard Bentley estaba empezando a hartarse de todo, del feo lenguaje de la gente, de la incompetencia de sus compañeros y por sobre todas las cosas de que no le dieran el valor que merecía.

-Como si ellos supieran algo, todos limitados, todos estancados en libros obsoletos- murmuro mientras sus dedos golpeteaban suavemente el vidrio de un automóvil, no recordaba haber sentido tanta rabia antes, tampoco recordaba que sus gritos fueran tan fuertes, pero si recordaba las palabras, los insultos, y francamente, disfrutaba de cada uno de ellos como quien disfruta de observar un Dalí. Lo merecían, además, estaba seguro de que le iría muchísimo mejor sin ellos, o eso fue lo que les quiso hacer ver.

La verdad estaba en cólera, tenia el talento y quiso compartirlo con ellos, quiso ser apreciado ¿y que obtuvo a cambio? Rechazo, siempre era lo mismo, ese pequeño e insignificante país iba a acabar con el usando algo tan simple como el rechazo. Y lo peor es que el joven y solitario Gerard Bentley no podría hacer nada para evitarlo.

Por lo menos la tenía a ella.

Todos sus pensamientos desaparecieron súbitamente cuando escucho una voz que, aunque familiar, no terminaba de gustarle. Gerard se dio la vuelta y se encontró con un rostro muy familiar, frente a el, estaba un hombre alto, rubio y de rasgos delicados a quien desde su llegada a Venezuela había conocido simplemente como Alexander, su rostro no expresaba nada, y eso a Gerard no le inspiraba mucha confianza, pero aparentemente tenia muchos años trabajando en esa casa, encargándose de todo, desde cocinar hasta manejar los gastos de la familia, y al parecer, Nadia lo apreciaba mucho.

-Espero que no tanto como a mi- murmuro el chico, eso si era algo con lo que no podría lidiar, ya no podría separarse de ella, no quería y tampoco estaba dispuesto a permitirlo, después de todo Nadia había desempeñado un rol mil veces mejor que el de su madre, al punto de que ya era una necesidad estar con ella, aunque por alguna misteriosa razón, solo se veían durante la noche.

-Señorito- dijo Alexander con aquella voz que parecía carecer de alma -He recibido una llamada de la señora Nadia, al parecer esta noche no nos acompañara durante la cena, también me ha pedido que le comunique que estará aquí después de la media noche-, esto ultimo fue como un golpe en el estomago para el joven músico, estaba teniendo un día terrible, y ahora que lo único de verdad necesitaba era ver a Nadia… era algo que se le escapaba de las manos, pero de verdad necesitaba verla.

Gerard pudo escuchar la voz de Alexander mientras corría hacia su habitación, pero no le dio importancia a lo que el mayordomo decia, la verdad nada le importaba en este momento, quería hablar con Nadia, quería contarle lo que le había sucedido, quería estar a su lado… Pero por alguna razón ella había vuelto a desaparecer.

En el trayecto, Gerard se topo con algo que todos los días despertaba una gran curiosidad en el, la puerta de la habitación de Nadia. El nunca había entrado, de hecho, esa era la única regla de la casa y la ultima vez que trato de romperla, fue la primera (y hasta ese entonces única) ocasión en la que vio a Alexander reír, pero la puerta era lo de menos, así que siguió de largo.

Ya en su habitación, Gerard hizo lo imposible por no explotar, pero no paso mucho tiempo antes de que la soledad, la rabia y la desesperante (y creciente) necesidad de ver a su tutora terminaran llevándolo a las lagrimas. Eventualmente las lágrimas le condujeron al sueño, pero no fue un sueño placentero, sino, todo lo contrario. Mientras estuvo atrapado en la pesadilla, Gerard tuvo que luchar contra el peor de sus temores: separarse de su amada Nadia.

Cuando finalmente despertó, el chico se sobresalto un poco, pues sentada a su lado, estaba Nadia, quien le sonrío y con una voz sumamente delicada pregunto -¿Te desperté?-, Gerard se sentó y mirando a la hermosa mujer negó con la cabeza, -Nada fuera de lo normal, solo un mal sueño, aunque me gustaría poder decir lo mismo de lo que sucedió hoy-. La mujer aparto un mechón de cabello rubio que cubría su perlado rostro y escucho con atención a su protegido, no cabía duda, había llegado la hora.

-Gerard- dijo Nadia –Creo que es hora de contarte mi gran verdad, todo este tiempo te he guardado un gran secreto, he recibido la bendición del clan Toreador, y eso, me pone un par de niveles encima de los seres humanos-.

-¿Clan Toreador?- pregunto el chico, pero esa no era su única pregunta, ¿Qué rayos era eso de estar por encima de los seres humanos?, ¿De qué rayos estaba hablando Nadia? Y lo peor ¿Por qué rayos le creía? Pasaron algunos segundos antes de que la mujer volviera a hablar, anticipo cualquier duda que su protegido pudiese tener, le hablo de la belleza, de la constante lucha para preservar el arte y la cultura, de la gran influencia que han tenido durante la historia y le hizo una oferta muy difícil de rechazar, la de unirse a las filas de este clan, donde encontraría gente que si apreciaría lo que hace y no solo eso, sino que dispondría de toda una eternidad para perfeccionar aquel talento.

Aquella palabra hizo que Gerard finalmente hablara -¿Toda una eternidad? ¿Qué tratas de decirme?- pregunto alejándose de su tutora (que a pesar de irradiar una dulzura impresionante, empezaba a asustarlo), sin perder aquel encanto que la rodeaba, Nadia simplemente sonrío y le dijo a su protegido –Digamos que, aquí donde me ves, yo tengo unos setenta años-

En ese preciso momento muchas cosas tomaron sentido para Gerard, en lo que a el le parecieron escasos segundos se dio cuenta de que Nadia nunca se había expuesto al sol, nunca había recibido visitantes de día y fue justo en ese preciso momento en el que recordó a alguien mas. Una mujer, una mujer cuya belleza era indescriptible, pocas palabras se ajustaban a tal belleza y por alguna razón la única que el chico recordaba en ese instante era sobrenatural. Recordó la sonrisa de la mujer y también las cinco palabras que en aquel entonces no significaban nada: “Nadia no es un humano”.

-¿Y? ¿En que piensas?- pregunto Nadia en un tono que inspiraba una calma impresionante, Gerard, quien no terminaba de entender la situación, solo pudo balbucear una palabra -Vampiro-.

-¿Dijiste algo?- Pregunto la hermosa mujer, el chico hizo un esfuerzo sobrehumano por verla a los ojos y esta vez mucho más calmado repitió la oración -Eres un vampiro-.

-Por favor Gerard- dijo ella mirándolo como si hubiese dicho algo terriblemente vulgar -muchos de nosotros preferimos el término vástago, pero ya habrá tiempo para educarte en ese tipo de cosas, por ahora, solo necesito saber si aceptas mi propuesta o no-. Gerard vio a su tutora a los ojos y esta supo que el había tomado su decisión. Con su característica delicadeza, Nadia paso una de sus manos por el rostro de Gerard y se acerco suavemente a su cuello…

Durante un periodo de tiempo indescriptible, Gerard paso de un placer verdaderamente inexplicable a un dolor peor que la mismísima muerte, no hubo mucho que ver, salvo el rostro de Nadia cubierto de algo que parecía sangre… todo había terminado, estaba muerto, o eso era lo que el creía… la muerte fue algo breve, no hubo dolor, por lo menos no durante ella, de hecho, cualquiera podría haberle dicho al chico que todo fue solo un sueño, cualquiera que ignorara lo que se siente el abrazo, claro esta.

Cuando recupero la conciencia, Gerard vio a Nadia, pero no era la mujer que lo había mimado durante estos dos años, se podía percibir algo terrible en ella, de hecho, pudo ver como se limpiaba algo que parecían ser lágrimas, pero contrario a las lágrimas ordinarias, estas tenían un precioso color carmesí… pasaron algunos minutos hasta que ambos finalmente reaccionaran y fue en ese momento en el que Nadia (quien había recuperado su tranquilo semblante) tendió una de sus hermosas manos y le dijo a su preciado chiquillo -Estoy segura de que en este momento hay muchas dudas en tu mente, pero, si vienes conmigo me encargare de que todas y cada una de ellas sean contestadas…-

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